24 mar. 2015

MERA DECLARACIÓN DE AMOR… #39Constitucional

@BarbaraCabrera

“La causa mayor de revoluciones, es que mientras las naciones avanzan al trote, las constituciones van a pie”
Thomas Macaulay
 
Siendo partícipe de la realidad y ciudadana proactiva 24/7, al leer las múltiples declaraciones de amor constitucional, sobre todo después de las 11 reformas estructurales del peñanietismo y comparsas que en efecto están “moviendo a México” a contrario sensu de como cualquier ciudadano pensante lo quisiera; de manera constante me reencuentro con una joya digna de análisis: el artículo 39 de la multireformada Constitución Política de los Estados unidos que data de 1917, cuando otras eran las circunstancias y necesidades.
Recordemos su texto:
“La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.”
Los hechos y la realidad urgen la expedición de un nuevo texto constitucional, digamos que estamos ante eventos en este #MéxicoLindoyHerido que ha superado esas reglas del juego antiquísimas. La cuestión es… ¿Estamos preparados para un nuevo constituyente?
El camino está plagado de complejidades, que incluye una sociedad-gobierno poco preparada para asumir con seriedad un cambio sustancial que vaya más allá de reformas estructurales.
Si vemos más allá de lo evidente, ese poder revisor del texto constitucional no debe, ni puede ser cualquiera; a éste desde el inicio corresponde ponérsele límites, esencialmente de dos tipos: temporales, que señalarán puntualmente el tiempo de su encargo; y, los axiológicos, que como mínimo versarán en la observación/respeto por el principio democrático –tal olvidado y vituperado en estos tiempos convulsos- así como por los derechos humanos, que son dejados en el tintero.
En la actualidad, la Constitución se ha convertido en el plan de gobierno del presidente en turno, convirtiéndola en una agenda que deriva en reformas parciales/estructurales que se circunscriben al Poder Ejecutivo y su administración pública, observando tímidamente los requerimientos de una sociedad cada vez más demandante y ávida de reglas del juego acordes a estos tiempos.
Aludiendo a la Ingeniería Constitucional Comparada de Giovanni Sartori ¿sabemos qué reformar y cómo lo vamos a hacer?, el politólogo es contundente al advertir que las reformas realizadas llevan la huella de reformadores muy incompetentes; yo agregaría, los compromisos, la corrupción, impunidad y servilismo político se anteponen al legislador que pareciera no observar, ni interesarle la realidad imperante; como si nada lo afectara.
En estas circunstancias, lejos estamos del espíritu de la Constitución que nos dio el constituyente de Querétaro de 1917.
Los tópicos a considerar para un nuevo texto constitucional son vastos: se requiere, entre muchos otros, un rediseño de la democracia participativa: referéndum, plebiscito y revocación de mandato; nuevos derechos ciudadanos; los tópicos educativos deben ser replanteados, a la par que somos sabedores que los derechos sociales en la Constitución mexicana han quedado rezagados, y que decir de las Derechos derivados de la Era Digital en que estamos inmersos y de la revolución tecnológica en que somos partícipes.
En esta tesitura, es imperativo dar continuidad al debate que dio inicio hace unas décadas, de manera seria y organizada. Los tradicionalistas deben perder el miedo de considerar la posibilidad de conceder a las nuevas generaciones una nueva Constitución, adecuada a la realidad del siglo XXI.
Desde este espacio y en diferentes palestras seguiré pugnando porque el pacto social sea renovado para brindarnos y legar a las futuras generaciones uno adecuado a las circunstancias reinantes. Mientras ello ocurre, recuerden votar para no botar ese valioso ejercicio de ciudadanía y como ha convocado de manera constante el Doctor Samuel Hernández Apodaca, en Twitter @iusfilosofo, este 7 de junio acude a las urnas y quitémosle el Congreso a Peña.
¡No nos baste con elementales declaraciones de amor constitucional!
Es todo por hoy.
¡Hasta la próxima Nornilandia!