7 feb. 2018

EL AMOR, NO ES CONSTITUCIONAL

@BarbaraCabrera

Comienzo esta amorosa Nornilandia con la que parece ser una exquisita ironía de Joan Manuel Serrat y cito:
“Nada tienes que temer, al mal tiempo buena cara, la Constitución te ampara, la justicia te defiende, la policía te guarda, el sindicato te apoya, el sistema te respalda”
Febrero (dicen) es el mes más amoroso del año. El calendario (mercadológico) apunta el 14 como el día de San Valentín, ese en el que se celebra el amor y la amistad, momento en que muchos se desviven con obsequios para sus amados.
Además, las efemérides en México señalan un aniversario más de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (¡ufff, sumamos 101 años de la expedición de dicho texto!)
La instauración de un texto constitucional depende de la coyuntura histórica por la que transita cada país. En el momento que una nación ya posee una Constitución, comienza a ser latente que ésta sea reformada para mantenerla actual a los tiempos y requerimientos socio-políticos. Lo cual los enquistados en el poder gubernamental, parecen no racionalizar y a fuerza de reformas, controlan y no ayudan.
En este sentido, el procedimiento para adecuarla, es a través de un proceso legislativo, el cual puede ser flexible o rígido, dependiendo del sistema jurídico de que se trate. Tratándose del caso mexicano, tenemos que es rígido, así lo estatuye el artículo 135 Constitucional. Aunque en la praxis, baste tener mayoría curulera para lograrlo, lo que digan los Estados, es lo de menos. Es importante mencionar que aunque el numeral referido únicamente da la pauta para reformas parciales, no así para la expedición de un nuevo texto. ¡Resulta sorprendente que el texto fundamental no reconozca otro procedimiento de reforma más que el del Poder Constituyente Permanente, sin referirse a la posibilidad de convocar a un Congreso Constituyente o de iniciar reformas por referéndum! Se olvida la prescripción del artículo 39 constitucional, situación que es conveniente no perder de vista.
Lo sabemos, la Constitución Política de los Estados Unidos mexicanos en vigor, que data de 1917, es producto de múltiples reformas parciales que por cientos se han acumulado a lo largo de 19 sexenios presidenciales, contados a partir de Álvaro Obregón. Siendo Enrique Peña Nieto el más reformista ¡como olvidar la imposición de las reformas estructurales!
¿El resultado?: de sus 136 artículos, solo 27 permanecen intactos.
¿Estamos preparados para un nuevo constituyente? Esa es la pregunta neurálgica. Lo cierto es que el Estado mexicano sí requiere la expedición de un nuevo texto constitucional; suscribir un Nuevo Pacto Social, a la par que se construye una mejor ciudadanía.
El camino está plagado de complejidades, el cual incluye una sociedad poco preparada para ser más exigente y participativa; así como la obstinación del gobierno para asumir con seriedad un cambio sustancial que vaya más allá de reformas estructurales a modo.
Actualmente, la Constitución se ha convertido en el plan sexenal en turno, convirtiéndola en una agenda que deriva en reformas parciales que se circunscriben al Poder Ejecutivo y su administración pública, observando tímidamente los requerimientos de una sociedad cada vez más demandante y ávida de reglas del juego acordes a estos tiempos.
Pero ¿sabemos qué reformar y cómo lo vamos a hacer? pues se advierte que las reformas contemporáneas realizadas, llevan la huella de reformadores muy incompetentes; aunado a  los compromisos políticos que se anteponen al legislar observando la realidad dominante.
¡Lejos, muy lejos estamos del espíritu de la Constitución que nos dio el constituyente de Querétaro de 1917!
Los tópicos a considerar para un nuevo texto constitucional son vastos: se requiere, entre muchos otros, un rediseño de la democracia participativa: referéndum, plebiscito y revocación de mandato; nuevos derechos ciudadanos; los tópicos educativos deben ser replanteados, a la par que somos sabedores que los derechos sociales en la Constitución mexicana han quedado rezagados.
Hoy en día, podemos concluir que el amor, no es constitucional.
Debe perderse el miedo de considerar la posibilidad de conceder a las nuevas generaciones una nueva Constitución, adecuada a la realidad del siglo XXI.
 Es todo por hoy.
¡Hasta la próxima Nornilandia